Lobos, microbios y granos: la alianza que nos hizo H. sapiens sapiens
Todas las especies ejercen presiones las unas sobre las otras. Los patógenos impulsan nuestra resistencia a ciertas enfermedades; la competencia con otros animales por recursos similares y ser una presa para los grandes depredadores nos estimularon a desarrollar nuevos comportamientos y tecnologías. La evolución de nuestras enzimas fue impulsada por la necesidad de metabolizar compuestos tóxicos que segregaban algunas plantas que comíamos. Las relaciones simbióticas con los microorganismos que hoy forman nuestro microbioma transformaron aspectos de nuestro funcionamiento orgánico.
La coevolución doméstica con otros animales nos permitió adquirir, entre otras cosas, una mayor capacidad empática. Convivir desde niños con otras especies suele marcar una diferencia con quienes nunca lo hicieron. Tener un perro, una cobaya o un gato transforma nuestra vida: la forma de experimentarla y entenderla.
Pensar en cómo pasamos de cazadores-recolectores nómadas a la vida sedentaria me llevó a una pregunta básica: ¿qué beneficios nos aportamos mutuamente lobos y humanos para asociarnos? Se suele pensar que el impulso inicial fue el seguimiento de los lobos tras los restos de comida, y tiene toda la lógica. Pero no hemos podido determinar cuál fue nuestro primer interés para aceptar su presencia cada vez más cerca. Se habla de la adopción de cachorros huérfanos y su potencial como protectores y ayudantes de caza; sin embargo, eso debió llegar después. Necesariamente debió haber un acercamiento previo para que pudiéramos conocerlos lo suficiente como para valorar sus características.
Algunas de ellas eran -y son- realmente excepcionales: mientras nosotros apenas percibíamos un depredador silencioso hasta el instante en que era demasiado tarde, el oído y el olfato de los lobos detectaban presas y atacantes a distancias impensables. Antes de sellar la alianza, H. sapiens era una presa más para los grandes carnívoros. Vivíamos siempre alerta, con temor a ser devorados por esos “dioses implacables” que caían como rayos del cielo. Ser nómadas no era solo cuestión de alimentación; era una necesidad para no llamar la atención de las grandes fieras del Pleistoceno con nuestro olor y movimientos.
Cuando nos asociamos con los lobos-perros todo cambió. Detectaban depredadores con tiempo suficiente para que pudiéramos reaccionar; poco después descubrimos que además eran valientes, que sabían trabajar en equipo y que llegaban a enfrentarse a animales más grandes y peligrosos para defender a su manada —y al vivir con nosotros pasábamos a formar parte de ella—. Gracias a ellos dejamos de vivir como presas asustadizas, y por primera vez empezamos a sentirnos seguros y dueños de nuestro destino. Poder permanecer en un mismo lugar sin apremio: tuvo que ser el primer paso necesario para asentarnos durante más tiempo en un mismo lugar, y así pudimos desarrollar la agricultura y aumentar en número, como base de las futuras ciudades, países e imperios.
Los perros transformaron nuestras emociones y comportamientos, pero no fueron los únicos. Más tarde llegaron las cabras, ovejas y vacas, decisivos para la agricultura y para la obtención de alimentos de origen animal; aceleraron el progreso agrícola y la expansión de las urbes. Los gatos llegaron para quedarse cuando los roedores empezaron a ser numerosos en los graneros. Los caballos, fueron clave en tareas del campo y en las expansiones y conquistas territoriales.
La alianza de los animales domésticos (humanos y el resto) se produjo en algunos casos, en diferentes lugares, de forma independiente. En otros surgió solo en ciertas zonas —gallinas, caballos— para acabar expandiéndose mundialmente, mientras que en otros casos —camello, casuario, emú— se produjeron y permanecieron a nivel regional.
La cuestión importante que, a menudo pasamos por alto, es que todas las especies domésticas obtenemos beneficios las unas de las otras; no se trata solo de aprovechamiento humano, ni está determinado exclusivamente por nuestra voluntad.
A través de esas interrelaciones entre especies y con el medio, establecimos un tipo particular de ecosistema que podemos encontrar en diferentes fases de desarrollo según las circunstancias y el medio físico. En general, dan lugar a un paisaje dominado por construcciones humanas —ecosistema urbano— o humanizado en diferentes grados.
A medida que crecen y se hacen muy numerosos en H. sapiens, empiezan los problemas serios, lo primero es expulsar a otras especies o disminuir su número aunque sea muy inferior al nuestro. Cuanto más extensos, más injustos y desequilibrados para otras especies domésticas y para el resto que forma parte de los ecosistemas que llamamos salvajes.
Aunque la injusticia tenga que ver con la moral y el desequilibrio ecosistémico supuestamente no, si nos atenemos a que somos hijos de la evolución y todo en nosotros está enfocado a la supervivencia, la capacidad de discriminar el bien del mal también debe ser un mecanismo de autorregulación que nos advierte cuando nuestros actos causan problemas o desequilibrios.
Pero el antropocentrismo y la idea de que los humanos no formamos parte de la Naturaleza dificultan aceptar que las especies domésticas junto a nosotros conforman un tipo de comunidad natural.
La idealización de lo salvaje tampoco ayuda: se considera que sus interrelaciones están en equilibrio, pero una sequía o una tormenta puede obligar a muchas poblaciones de animales a empezar de cero, incluso los cambios de estacion desequilibran continuamente a los habitantes de los ecosistemas salvajes. El equilibrio natural es un desequilibrio continuo como un funambulista que se inclina con su pértiga hacia uno y otro lado para mantenerse en el centro… pero a veces se inclina un centímetro de más y cae al vacío.
Viendo en un documental las extensas construcciones de las termitas africanas que salpican la sabana —refugio y recurso para otras especies— me vino a la mente el paisaje de nuestras urbes.
Ellas nos llevan ventaja: unos 130 millones de años. Nosotros todavía tenemos que mejorar muchas cosas, si nos da tiempo antes de extinguirnos, pero solo lo lograremos mediante un mayor reconocimiento y respeto hacia el resto de seres vivos y la comprensión profunda de que nuestra especie es solo una más de la Biosfera.
En la próxima entrada miraremos desde otros ángulos los ecosistemas humanizados. Suscríbete y no te lo pierdas.
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