Bienvenida al blog / Prueba piloto

Bienvenidos al blog oficial de  Invasores y Conquistadores . Este espacio nace con una intención muy clara: compartir fragmentos de un ensayo que terminé hace meses y que actualmente busca editorial. No voy a desvelar aquí su estructura completa ni todos sus temas, pero sí quiero ofrecer algunos pasajes como muestra del tono, la mirada y el tipo de reflexión que lo atraviesa. La idea de abrir este blog surgió tras una reciente discusión sobre el papel de los gatos en la pérdida de biodiversidad. Aunque el libro no trata exclusivamente de ellos —aparecen solo en uno de sus dieciocho capítulos—, hay un capítulo sobre “Especies Domésticas” que ofrece una perspectiva no hegemónica sobre ellos dentro de la conservación de la biodiversidad. Por eso iré publicando, como prueba piloto, entradas semanales con extractos de ese capítulo. A través de las cuales podéis intuir parte del enfoque general del libro sin revelar el conjunto. Vuestras impresiones me ayudarán a saber si puede ser de in...

Ecosistemas humanizados: la comunidad doméstica que (casi) no vemos

 Una red de vida urbana que no depende solo de nosotros

Un ecosistema es una comunidad de especies que ha tejido relaciones entre sí y con el medio que las sustenta. Llamamos ecosistemas urbanos a las medianas y grandes urbes, rurales a las pequeñas y humanizados a cualquier espacio donde nuestra actividad se deje notar. En todos ellos nuestra especie es la ingeniera del paisaje; en los más grandes suele ser también la más visible, solo superada en número por insectos como cucarachas y hormigas.

Pero no todo está hecho por y para nosotros. Otras especies también transforman el entorno y a nosotros que, a su vez, lo adecuamos para ellas: casetas, cercados, granjas, zoológicos, refugios, santuarios. Hay, además, un buen número de animales que se instalan contra nuestra voluntad y pasan a formar parte de la comunidad urbana. Muchos ni siquiera son domésticos —insectos, reptiles, arácnidos, aves y algún que otro pequeño mamífero—. Y otros, que sí lo son, aunque no se les suele tomar como tales —palomas, ratas, cucarachas— nadie piensa en hacerles sitio; si hubiéramos podido, ya las habríamos hecho desaparecer, pero todo nuestro desprecio y tecnologías contra estos modestos animales son incapaces de conseguirlo. Solo los gorriones, también domésticos, conservan el afecto de un gran número de personas, especialmente porque su número ha bajado en las últimas décadas. 

Pero volviendo a los no bienvenidos, es fascinante como han encontrado formas muy exitosas de seguir en la comunidad urbana, pese a nuestros inmisericordes ataques. No solemos reconocer la gran labor de muchas de esas especies: las ratas y las cucarachas limpian los intersticios de las urbes, donde acaban toneladas de desechos orgánicos; palomas y gorriones lo hacen en la superficie y en restos aún sin degradar. Esta labor combinada reduce la carga bacteriana inherente a los grandes asentamientos humanos.

A medida que crece y se densifica la población humana, crece también nuestro malestar. Es evidente que la irascibilidad aumenta en las grandes ciudades: a mi me sucede conduciendo por la ciudad, adopto un modo más agresivo y, por lo visto, les sucede a un gran número de conductores. Experimentalmente se ha comprobado que la densidad incrementa los contactos agresivos y el estrés, lo que repercute en el sistema neurohormonal.

Los tabúes, normas sociales y leyes sobre nuestra propia especie pueden canalizar ese malestar hacia otras especies. Tememos ser agredidos o infectados por ellas, de forma alarmante y obsesiva, pese a que todas las estadísticas indican que somos más a menudo agredidos e infectados por individuos humanos. Es común también que ese malestar se convierta en intolerancia hacia los animales domésticos en las grandes urbes, aun cuando su número sea muy inferior al nuestro, se desarrollan normas muy restrictivas y actitudes de rechazo. Son mecanismos instintivos que intentan regular la densidad de individuos y se canalizan hacia los más desfavorecidos, reduciendo sus poblaciones a favor del continuo crecimiento de las nuestras. Pero al hacerlo, simplificamos aún más los ecosistemas urbanos y las consecuencias de ella pueden afectar tanto a la salud física como a la emocional: menos gatos = más ratas; menos ratas = más desechos acumulándose bajo el asfalto; vivir aislados de la diversidad de la vida, en nuestros bloques de cemento, genera estrés y baja las defensas.

Desde hace tiempo, animales domésticos nos ayudan en terapias dirigidas a disminuir el estrés y aumentar el bienestar de niños y adultos con enfermedades y minusvalías. En conservación de la biodiversidad, sin embargo, las especies domésticas suelen percibirse como un problema, a pesar de que todas forman parte de la diversidad de la Vida. Sin los domésticos, el saldo de biodiversidad sería aún más negativo. 

Si los ecosistemas humanizados mantienen una diversidad de especies —tanto en entornos urbanos como agrícolas—, existe la posibilidad de generar nueva biodiversidad a largo plazo, aunque la diversidad genética global siga disminuyendo. Un número no muy grande de especies, con muchos individuos cada una, puede compensarla: ya que la variabilidad genética se produce en cada cruce sexual. Con el tiempo y las transformaciones del medio, podrían surgir nuevas especies, como ya ocurrió tras las extinciones masivas.

Personas comprometidos con la Naturaleza lloran la pérdida de biodiversidad salvaje en las ciudades. Pero hay que estar adaptado a un entorno urbanos para poder sobrevivir con éxito en él, como los animales domésticos. Únicamente animales alados pueden entrar a la ciudad y salir de ella; los que no tienen alas como mucho visitan sus márgenes —riberas, descampados, caminos de tierra— y si son pequeños en algún gran parque o zona verde interior. En Barcelona, por ejemplo, aún se encuentran la ranita meridional o la lagartija parda en algunos parques y zonas periurbanas. Pero la constante circulación impide el intercambio genético entre poblaciones; la endogamia y los atropellos van acabando con ellas.

Otros animales domésticos también están en apuros. Las palomas, rechazadas por su aspecto desaliñado —impreso en sus plumas por el polvo, la carbonilla y los contaminantes urbanos—, para algunos humanos ya tienen tan mala fama como las ratas, desconocedores de la necesaria función ecológica de ambas especies. Los gorriones, perdieron recursos con el aumenta en la limpieza en las ciudades, y con ellos aquellas grandes bandadas de mi infancia. Ahora solo se les ve en pequeños grupos y, la dificultad para obtener alimento los ha vuelto tan descarados que entran en terrazas de bares, cafeterías y panaderías y hasta se plantan sobre las mesas en busca de unas migajas de pan industrial.

Los animales domésticos somos una comunidad joven y de futuro incierto; hace muy poco tiempo, en escala evolutiva, iniciamos las interrelaciones que nos unieron hasta formar estos ecosistemas humanizados. Y en este caso ni tan siquiera podemos echarle la culpa al gato: como vimos en la entrada anterior fue junto al lobo-perro que iniciamos la domesticidad (el proceso de adaptación a una vida sedentaria y limitada junto a otras especies).

Aunque la diversidad de especies salvajes es garantía de futuro, desde un punto de vista humano dependemos mucho más de las especies domésticas que de las salvajes. Si las perdiéramos, la civilización global se derrumbaría. 

Hay un aspecto que suele usarse para devaluar a algunas de estas especies domésticas —al perro, sobre todo—: la neotenia. Y es el tema que tocaremos el viernes próximo.


¿Es la neotenia un defecto provocado por los humanos o una transformación necesaria para la alianza? En la próxima entrada desmontamos el mito. Suscríbete y no te lo pierdas.


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