Ecosistemas humanizados: la comunidad doméstica que (casi) no vemos
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Una red de vida urbana que no depende solo de nosotros
Un ecosistema es una comunidad de especies que ha tejido
relaciones entre sí y con el medio que las sustenta. Llamamos ecosistemas
urbanos a las medianas y grandes urbes, rurales a las pequeñas y humanizados
a cualquier espacio donde nuestra actividad se deje notar. En todos ellos
nuestra especie es la ingeniera del paisaje; en los más grandes suele ser
también la más visible, solo superada en número por insectos como cucarachas y
hormigas.
Pero no todo está hecho por y para nosotros. Otras especies
también transforman el entorno y a nosotros que, a su vez, lo adecuamos para ellas:
casetas, cercados, granjas, zoológicos, refugios, santuarios. Hay, además, un
buen número de animales que se instalan contra nuestra voluntad y pasan
a formar parte de la comunidad urbana. Muchos ni siquiera son domésticos
—insectos, reptiles, arácnidos, aves y algún que otro pequeño mamífero—. Y otros, que sí lo son, aunque no se les suele tomar como tales —palomas, ratas, cucarachas— nadie piensa en hacerles sitio; si hubiéramos podido, ya las habríamos hecho desaparecer, pero todo nuestro desprecio y tecnologías contra estos modestos animales son incapaces de conseguirlo. Solo los gorriones, también domésticos, conservan el afecto de un gran número de personas, especialmente porque su número ha
bajado en las últimas décadas.
Pero volviendo a los no bienvenidos, es fascinante como han encontrado formas muy
exitosas de seguir en la comunidad urbana, pese a nuestros inmisericordes ataques. No solemos reconocer la gran labor de muchas de esas
especies: las ratas y las cucarachas limpian los intersticios de las urbes, donde
acaban toneladas de desechos orgánicos; palomas y gorriones lo hacen en la superficie y en restos aún sin degradar. Esta labor combinada reduce la carga bacteriana inherente a los grandes asentamientos humanos.
A medida que crece y se densifica la población humana, crece
también nuestro malestar. Es evidente que la irascibilidad aumenta en las
grandes ciudades: a mi me sucede conduciendo por la ciudad, adopto un modo más agresivo y, por lo visto, les sucede a un gran número de conductores. Experimentalmente se ha comprobado que la
densidad incrementa los contactos agresivos y el estrés, lo que repercute en el
sistema neurohormonal.
Los tabúes, normas sociales y leyes sobre nuestra propia especie pueden canalizar ese malestar hacia otras especies. Tememos ser agredidos o
infectados por ellas, de forma alarmante y obsesiva, pese a que todas las estadísticas indican que somos más a menudo agredidos e infectados por individuos humanos.
Es común también que ese malestar se convierta en intolerancia hacia los animales domésticos en las grandes urbes, aun cuando su número sea muy inferior al nuestro, se desarrollan normas muy restrictivas y actitudes de rechazo. Son mecanismos
instintivos que intentan regular la densidad de individuos y se canalizan hacia los más desfavorecidos, reduciendo sus poblaciones a favor del continuo crecimiento de las nuestras. Pero al hacerlo, simplificamos aún más los ecosistemas urbanos y las consecuencias de ella pueden afectar tanto a la salud física como a la emocional: menos gatos = más
ratas; menos ratas = más desechos acumulándose bajo el asfalto; vivir aislados de la diversidad de la vida, en nuestros bloques de cemento, genera estrés y baja las defensas.
Desde hace tiempo, animales domésticos nos ayudan en terapias
dirigidas a disminuir el estrés y aumentar el bienestar de niños y adultos con enfermedades y minusvalías. En
conservación de la biodiversidad, sin embargo, las especies domésticas suelen percibirse como un
problema, a pesar de que todas forman
parte de la diversidad de la Vida. Sin los domésticos, el saldo de
biodiversidad sería aún más negativo.
Si los ecosistemas humanizados mantienen
una diversidad de especies —tanto en entornos urbanos como agrícolas—, existe
la posibilidad de generar nueva biodiversidad a largo plazo, aunque la
diversidad genética global siga disminuyendo. Un número
no muy grande de especies, con muchos individuos cada una, puede compensarla: ya que la variabilidad genética se produce en cada cruce sexual. Con el tiempo
y las transformaciones del medio, podrían surgir nuevas especies, como ya ocurrió
tras las extinciones masivas.
Personas comprometidos con la Naturaleza lloran la
pérdida de biodiversidad salvaje en las ciudades. Pero hay que estar adaptado a un entorno urbanos para poder sobrevivir con éxito en él, como los animales domésticos. Únicamente animales alados pueden entrar a la ciudad y salir de ella; los que no tienen alas como mucho visitan sus márgenes —riberas, descampados, caminos de
tierra— y si son pequeños en algún gran parque o zona verde interior. En Barcelona, por
ejemplo, aún se encuentran la ranita meridional o la lagartija parda en algunos
parques y zonas periurbanas. Pero la constante circulación impide el
intercambio genético entre poblaciones; la endogamia y los atropellos van
acabando con ellas.
Otros animales domésticos también están en apuros. Las
palomas, rechazadas por su aspecto desaliñado —impreso en sus plumas por el
polvo, la carbonilla y los contaminantes urbanos—, para algunos humanos ya tienen tan
mala fama como las ratas, desconocedores de la necesaria
función ecológica de ambas especies. Los gorriones, perdieron
recursos con el aumenta en la limpieza en las ciudades, y con ellos aquellas grandes bandadas de mi infancia. Ahora solo se
les ve en pequeños grupos y, la dificultad para obtener alimento los ha vuelto tan descarados que entran en terrazas de bares, cafeterías y panaderías y hasta se plantan sobre las mesas en busca de unas migajas de pan industrial.
Los animales domésticos somos una comunidad joven y de
futuro incierto; hace muy poco tiempo, en escala evolutiva, iniciamos las
interrelaciones que nos unieron hasta formar estos ecosistemas humanizados. Y en
este caso ni tan siquiera podemos echarle la culpa al gato: como vimos en la entrada anterior fue junto al lobo-perro que iniciamos la domesticidad (el proceso de adaptación a una vida sedentaria y limitada junto a otras especies).
Aunque la diversidad de especies salvajes es garantía de futuro, desde un punto de vista humano dependemos mucho más de las especies domésticas que de las
salvajes. Si las perdiéramos, la civilización global se derrumbaría.
Hay un aspecto que suele usarse para devaluar a algunas
de estas especies domésticas —al perro, sobre todo—: la neotenia. Y es el tema que
tocaremos el viernes próximo.
¿Es la neotenia un defecto provocado por los humanos o una transformación necesaria
para la alianza? En la próxima entrada desmontamos el mito. Suscríbete y no te
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