Bienvenida al blog / Prueba piloto

Bienvenidos al blog oficial de  Invasores y Conquistadores . Este espacio nace con una intención muy clara: compartir fragmentos de un ensayo que terminé hace meses y que actualmente busca editorial. No voy a desvelar aquí su estructura completa ni todos sus temas, pero sí quiero ofrecer algunos pasajes como muestra del tono, la mirada y el tipo de reflexión que lo atraviesa. La idea de abrir este blog surgió tras una reciente discusión sobre el papel de los gatos en la pérdida de biodiversidad. Aunque el libro no trata exclusivamente de ellos —aparecen solo en uno de sus dieciocho capítulos—, hay un capítulo sobre “Especies Domésticas” que ofrece una perspectiva no hegemónica sobre ellos dentro de la conservación de la biodiversidad. Por eso iré publicando, como prueba piloto, entradas semanales con extractos de ese capítulo. A través de las cuales podéis intuir parte del enfoque general del libro sin revelar el conjunto. Vuestras impresiones me ayudarán a saber si puede ser de in...

Neotenia: La infancia en el adulto

 Ojos redondos, cabeza redonda, hocico corto y la ternura que desarma

La neotenia es la conservación de caracteres juveniles en individuos adultos. Se observa en muchas especies; el ejemplo más citado es el ajolote mexicano, que alcanza la madurez sexual sin metamorfosis, manteniendo forma larvaria y sus branquias externas. En experimentos, una hormona puede forzarlo a transformarse en salamandra terrestre.

Los perros también se consideran neoténicos respecto al lobo. Tienen cabeza más redondeada, hocico más corto, ojos más redondos y separados, cola en constante movimiento, curiosidad, juego permanentes, gemidos y vocalizaciones variadas. En definitiva: un perro adulto (no de todas las razas pero sí de la mayor parte) tiene caracteres de un cachorro de lobo.

Como esas diferencias las adquirieron con nosotros, no hay duda de que son producto de presiones selectivas originadas por su nueva vida junto a los humanos. A menudo se usa la neotenia como argumento despreciativo: primero, por ser animal doméstico —de “menor valor”— y, segundo, porque “los humanos los crearon así por capricho”. ¡Si Darwin levantara la cabeza! ya explicó en El Origen de las Especies que las presiones selectivas que producen los cambios suelen ser, en principio, involuntarias por nuestra parte. Es lógico, no podemos decidir si algo nos gusta o resulta agradable antes de verlo o percibirlo.

Si las presiones selectivas no beneficiaran a quienes las experimentan, esa población no tendría mucho futuro. Cuando, mediante cruces entre pocos progenitores emparentados, se crean razas de perros con la única intención de que sean “diferentes o raros”, el resultado son animales con problemas de salud. Si volvieran al medio, la selección natural iría eliminando esos rasgos disfuncionales y serían reabsorbidos por otras razas o especies de Canis.

La neotenia canina favoreció a los perros en el salto de lo salvaje a lo doméstico. Que nos enterneciera su aspecto les facilitó acceso a recursos controlados por nuestra especie; mejor alimentación supuso más crías y mayor crecimiento poblacional, todo lo que se considera exitoso evolutivamente hablando. Además, sirvió a ambas especies para estrechar lazos. Pero cometemos el error de creer que aspecto infantil = falta de madurez e inteligencia.

Los humanos adultos también somos neoténicos. Nuestro cráneo es más redondeado y el rostro más plano que en los adultos de nuestros primos-hermanos chimpancé y gorila; nos parecemos a sus bebés y, de hecho, mantenemos curiosidad y aprendizaje permanentes.

Las presiones selectivas que generaron nuestra neotenia suelen explicarse como “internas”, debidas a nuestra complejidad social y cognitiva. Nos resulta impensable que otra especie haya podido ejercer sobre nosotros alguna presión que nos moldeara, así que optamos por el “yo me lo guiso, yo me lo como” de quien se cree independiente del resto de la biosfera.

Tener aspecto infantil puede ser ventajoso para relacionarse con mamíferos más fuertes o dominantes que, en general, ignoran o tratan con mayor cuidado a sus crías, y reconocen a los bebés de otras especies. No solo a nosotros nos enternecen las crías de otras especies; hemos observado ampliamente cambios de comportamiento en animales, incluso salvajes, ante la presencia de crías ajenas. Un caso extremo de compasión por las crías ajenas es el de  los lobos que han ayudado a sobrevivir a niños abandonados.

Cuando yo tenía entre 8 y 12 años traté a un pastor alemán llamado Hércules. Era fiero: perseguía y mataba de un bocado gatos y ratas; lo único que temía era a las tormentas. Se las ingeniaba para entrar en la casa —una vez atravesó el cristal de la puerta del patio— y se agazapaba bajo la mesa. Su dueño, viudo y sin hijos, lo azotaba sin compasión con una fusta para que saliera; Hércules, sin moverse, aguantaba y enseñaba los dientes. Pero toda esa fiereza se desvanecía cuando llegaban niños pequeños: se quedaba quieto, cabeza gacha, mientras dos o tres se le subían encima y le tiraban de orejas y cola. 

Si los mamíferos no hubiéramos desarrollado compasión por nuestros bebés —que necesitan cuidados especiales— la mortandad infantil no habría permitido evolucionar con éxito a muchas especies. Las formas redondeadas y la mirada ingenua generan oleadas de hormonas que rebajan la agresividad e impulsan la protección. Por eso me inclino a pensar que la adquisición de rasgos neoténicos pudo surgir por la presión de agresividad de mamíferos más dominantes o peligrosos.

En humanos, el dimorfismo sexual es evidente. De forma general, el sexo femenino es más pequeño, de estructura ósea más delgada y presenta rasgos neoténicos más acusados: frente más alta y abombada, cejas finas, mentón estrecho, piel suave y menos velluda. En conjunto, un aspecto más parecido a bebés humanos que a cachorros de simios, mientras que el adulto masculino se asemeja más a un bebé de nuestros primos simios. Pero la mujer habría recibido una presión selectiva por la mayor fortaleza y agresividad del sexo masculino: las mujeres más parecidas a sus bebés sobrevivían más y transmitían sus genes a sus hijas. Los hombres, que cazaaban, podían matar crías de otros simios cuando la necesidad apretaba antes que a sus propios hijos.

En el perro, su neotenia también pudo ser seleccionada por la agresividad humana hacia ellos. Tener aspecto infantil actuó —y actúa— como factor de selección positivo para ambas partes, además de otros factores sociales y biológicos. Pero el hecho de que los hombres no presenten una neotenia tan “bebé” como la de las mujeres y la cantidad de humanos y animales que siguen muriendo a manos de hombres me inclina a pensar que la agresividad tuvo también aquí un papel determinante. Todos somos potencialmente peligrosos, pero las estadísticas son claras respecto hacia donde se inclina la balanza: mueren muchas más mujeres y niños a manos de hombres que de otras mujeres.


¿Y si la ternura no es capricho sino escudo contra la violencia? En la próxima entrada cerraremos el capítulo con los dilemas éticos de la neotenia y por qué seguir pareciendo crías puede ser nuestra mejor apuesta de futuro. Suscríbete y no te lo pierdas.


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