De diosa Bastet a gato satánico
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De sagrado a inmundo
Se desconoce con exactitud cuándo Felis silvestris
dio lugar a Felis silvestris catus; análisis de ADN apuntan al inicio
del Neolítico, hace unos 10 000 años en el Oriente Próximo, junto a los
primeros agricultores. Desde allí se expandieron a Europa hace unos 6 500 años.
Fueron —y son— apreciados por su función raticida, su independencia, elegancia
y calidez.
En el antiguo Egipto los gatos eran venerados como sagrados. La diosa Bastet, con cuerpo de mujer y cabeza de gata, era un dios híbrido que unía características felinas a la figura femenina. El Museo Arqueológico Nacional conserva una figurilla de bronce de Bastet desde 1867.
En principio la diosa tenía forma de leona; y se empezó a representar como gata cuando se valoraron los aspectos más benéficos y amorosos del “Ojo del Sol” el femenino de Ra. La popularidad de Bastet cubría las preocupaciones cotidianas: fertilidad, bienestar, protección de la familia y de los niños. Quedando reflejada en momias de gatos, estatuillas de bronce y fiestas en honor a Bastet.
Herodoto cuenta que los fieles iban en barca “cantando y tañendo instrumentos, riendo y desnudándose” hasta Bubastis, lugar donde se bebía más vino que en todo el resto del año.Aquellas celebraciones eran la antítesis de las europeas a partir de que la Iglesia extendiera su poder: las egipcias buscaban disfrute y catarsis; las eclesiásticas, temor y penitencia.
La criminalización del gato: por asociación con lo voluptuoso y femenino tenía raíces antiguas. El éxito de la Iglesia consistió en cambiar la percepción del tándem mujer-gato de benéfico a maléfico. Aquellos fanáticos estaban dispuestos a ir contra todo lo bueno, lo sabio y lo bello con tal de obtener el poder absoluto.
A menudo se piensa que en el pasado éramos ignorantes y que
ahora “los bebés ya nacen sabiendo”. Sin embargo, pese a la acumulación de tecnología y
cultura, y aunque nuestra domesticación alterara en una diminuta
proporción nuestro genoma, seguimos siendo los mismos H. sapiens con las
mismas capacidades y limitaciones de los primeros representantes de nuestra especie. Como el perro respecto al
lobo o el gato doméstico respecto al salvaje, en el fondo no hemos cambiado
tanto.
Creímos que la modernidad nos había dado mayor comprensión y empatía, y sin embargo hemos visto resurgir el terraplanismo, fascismos, sexismos y racismos. Las guerras tribales del pasado eran un juego de niños comparadas con los crímenes por recursos e intereses económicos de la modernidad.
Justo mientras escribo, un
genocidio está en marcha —en nombre de quienes fueron víctimas del holocausto— y
el resto del mundo mira hacia otro lado. Nada del pasado es exactamente igual al presente…
pero tampoco es tan diferente.
La historia ya cambió una vez la imagen del gato: de diosa a demonio y cuando ya se habían olvidado en gran parte las supersticiones maliciosas creadas por la propaganda eclesiástica medieval, una nueva propagando se inició para criminalizarle, poniendo en tela de juicio a las almas compasivas que lo protegen y a quienes no comulgan con la nueva inquisición. En la próxima entrada veremos las cualidades y capacidades de este felino.
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