Bienvenida al blog / Prueba piloto

Bienvenidos al blog oficial de  Invasores y Conquistadores . Este espacio nace con una intención muy clara: compartir fragmentos de un ensayo que terminé hace meses y que actualmente busca editorial. No voy a desvelar aquí su estructura completa ni todos sus temas, pero sí quiero ofrecer algunos pasajes como muestra del tono, la mirada y el tipo de reflexión que lo atraviesa. La idea de abrir este blog surgió tras una reciente discusión sobre el papel de los gatos en la pérdida de biodiversidad. Aunque el libro no trata exclusivamente de ellos —aparecen solo en uno de sus dieciocho capítulos—, hay un capítulo sobre “Especies Domésticas” que ofrece una perspectiva no hegemónica sobre ellos dentro de la conservación de la biodiversidad. Por eso iré publicando, como prueba piloto, entradas semanales con extractos de ese capítulo. A través de las cuales podéis intuir parte del enfoque general del libro sin revelar el conjunto. Vuestras impresiones me ayudarán a saber si puede ser de in...

Humanos domésticos: como se nos olvidó ser salvajes

Como les sucede a otros animales domésticos, a muchos humanos también nos sería difícil o imposible volver a una vida salvaje; pese a que fuimos salvajes durante unos 290.000 de los 300.000 años que se calcula tiene aproximadamente nuestra especie. Y es que en unos pocos miles de años hemos sufrido cambios físicos y comportamentales, perdiendo la habilidad y la resistencia necesarias para obtener los recursos como antaño y en suficiente cantidad; de manera que muchos moriríamos en el intento. Pero otros, a pesar de haber nacido y vivido en las mismas circunstancias, sí conseguirían sobrevivir de vuelta a lo salvaje, no porque sean seres superiores ni nada por el estilo... únicamente porque gracias a la variabilidad genética siempre habrá un número de individuos que se adapten mejor a las circunstancias cambiantes.
Si actuara solo el condicionamiento o la impronta como muchos piensan respecto a otras especies domésticas o, en nuestro caso, las ideologías dominantes, la vuelta sería imposible para cualquier animal doméstico. Afortunadamente, no es así: incluso ante un colapso de los ecosistemas urbanos, algunos individuos sobrevivirían y se adaptarían. No podemos ignorar el 99,9 % de genes adquiridos durante cientos de miles de años de evolución y solo tener en cuenta el 0,1 o 0,2 % que variaron recientemente.
Los humanos, como el resto de especies domésticas, también sufrimos ligeros pero evidentes cambios respecto a nuestra especie salvaje. Se observa al comparar los fósiles de nuestros antepasados europeos del Paleolítico con los esqueletos más modernos, los cromañones eran más altos, atléticos y con mayor volumen craneal que los agricultores que les sucedieron.
Así lo explicaba el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga: los trabajos de la agricultura achicaron el esqueleto; ya no había que erguirse para mirar el horizonte, sino encorvarse hacia la tierra que se trabajaba bajo los pies. Con el sedentarismo y el aumento de la población llegaron nuevas enfermedades que nos hicieron más endebles. El abandono de la vida nómada y la división del trabajo, cambiaron en parte nuestro cerebro o conexiones neuronales que ya no necesitaba retener extensos y complejos mapas mentales del territorio. Con la especialización, solo teníamos que saber muy bien un número más limitado de cosas… todos esos factores impulsarían la reducción del cerebro.
Aunque hoy la altura media ha aumentado en algunos lugares gracias a mejores condiciones de vida y salud, los esqueletos modernos siguen siendo menos robustos y con cabezas más pequeñas que los de aquellos ancestros. Esos evidentes y a la vez pequeños cambios nos convirtieron en una especie doméstica.
De manera que siguiendo la clasificación de Linneo que bautizó a nuestra especie en 1758 como H. sapiens (con este nombre de especie no es extraño que nos lo tengamos tan creído), a Mayr en 1950 no se le ocurrió otra cosa que rebautizarnos como la subespecie H. sapiens sapiens. En la actualidad, parece ser que se vuelve a utilizar el nombre binomial también para el humano doméstico.
Por supuesto no nos convertimos en domésticos por la fuerza exclusiva de nuestra santa voluntad, hubo otras presiones selectivas que experimentamos durante el proceso y que, normalmente, no tenemos en cuenta o muy poco. Me refiero a las que el resto de las especies de nuestro entorno ejercieron sobre nosotros…
¿Qué presiones ejercieron sobre nosotros los perros, las cabras o incluso el trigo? En la próxima entrada veremos cómo otras especies también nos domesticaron a su manera.


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