Selección artificial: límites y la frontera borrosa entre doméstico y salvaje
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La selección artificial, es el proceso mediante el cuál se transforman ciertos caracteres de animales y plantas por las presiones humanas. Es una parte del proceso de domesticación, pero no tenemos ningún nombre para definir el proceso mediante el cuál esas especies también ejercieron presiones que nos cambiaron a los humanos en ciertos aspectos.
Algunos argumentarían que la selección artificial es consciente y dirigida de forma voluntaria e inteligente por el ser humano, pero las presiones de otras especies sobre nosotros no lo son. Bueno, realmente, no podemos afirmar que su acción fue inconsciente, especialmente desde la Declaración de Cambridge de la Consciencia Animal; y mucho menos que estuviera falta de inteligencia después de las propuestas del neurobiólogo vegetal Stefano Mancuso.
Algunas especies domésticas se originaron en un lugar concreto, como la gallina en el sudeste asiático, y una vez doméstica se fue extendiendo ya junto a los humanos al resto del mundo. Otras especies domésticas surgieron de forma independiente en diferentes territorios. Esto fue así para el perro y el cerdo por ejemplo, lo cuál implica que tanto sus especies salvajes como la nuestra nos expandimos por los mismos territorios de forma independiente y más tarde establecimos las relaciones que nos llevaron a la domesticación.
La cabra salvaje y el muflón que dieron lugar a cabras y
ovejas domésticas fueron de los primeros herbívoros que se transformaron en domésticos. Ambos
mostraban un interés genuino por los campos cultivados de los primeros
agricultores; al ser rumiantes, podían aprovechar los restos fibrosos una vez
extraídos los granos. Eso las mantenía cerca de nosotros más tiempo y su sociabilidad les
permitía exponerse sin excesivo recelo. Con la cercanía fuimos viendo su utilidad como fuentes de leche, carne y estiércol.
Con las vacas (Bos taurus), descendientes del uro
salvaje (Bos primigenius), sucedió algo parecido, solo que al ser más grandes y fuertes, descubrimos que podían ayudar en las labores del campo; pero antes hubo que
convencerlas, de una u otra manera, de que trabajaran para nosotros.
Desde los hindúes hasta los masáis, infinidad de pueblos
depende de las vacas: leche, estiércol, fuerza, carne, pieles… resultándoles muchos más beneficioso mantenerlas vivas el máximo tiempo. Otros miles de
millones de personas sobreviven gracias a ellas y al resto de animales de
granja. Es decir, no solo los animales domésticos dependen de nosotros para vivir; la población humana mundial también depende de ellos, y no únicamente como fuerza de trabajo o comida, que son los aspectos que más se suelen rechazar.
Entre los servicios menos visibles de los animales domésticos, están algunos tan importantes y fundamentales como la ayuda a discapacitados, a niños, ancianos y a toda clase de personas desde el entorno rural a las grandes ciudades: alivian el estrés, la falta de cariño, la soledad y otros trastornos emocionales propios del diseño de nuestras urbes y sistema social. También participan
en muchos otros aspectos de la vida cotidiana y son una ayuda irremplazable en catástrofes de todo tipo: búsqueda y rescate; y en situaciones de peligro: detección de sustancias peligrosas,
desactivación de explosivos, vigilancia; y de necesidad: protección, caza y recolección.
Pero no reconocemos en toda su magnitud cuánto dependemos de ellos y todo lo que ellos hacen por nosotros. Y en lugar de valorarlos por ello, hemos alcanzado, un grado de falta de consideración que a muchos nos genera un gran rechazo ético: a menudo por las condiciones de vida a las que son sometidos y por la falta de respeto por su existencia.
Si la selección artificial en principio tuvo que ser inconsciente, en algún momento dejó de serlo. Manipulamos todo lo que podemos para adecuar a esas especies domésticas a nuestros gustos, modas y necesidades. Sin embargo no podemos hacer cualquier cosa que se nos ocurra y mucho menos "crearlos", solo podemos seleccionar y
potenciar características que ya poseen en alguna medida los animales.
Tampoco penséis que con la ingeniería genética ya podemos obtener cualquier animal que imaginemos. La novedad es que podemos coger genes de una especie e insertárselos a otra. Pero hay limitaciones respecto a la cantidad de genes que se pueden manipular y es imposible prever todas las interrelaciones en las que pueden verse involucrados ni sus resultados.
Se ha intentado, por ejemplo, utilizar cerdos como fuentes de órganos para trasplantes, insertándoles algunos genes humanos para hacer sus órganos compatibles con nuestro organismo. Pero es que sus órganos, por naturaleza, ya son muy parecidos a los nuestros, en caso contrario no se podría hacer nada. Una cosa es modificar algún carácter y otra crear o reconstruir un órgano u organismo desde cero. Puede parecer obvio, pero hay quien sigue convencido de que los humanos "creamos" animales.
A pesar de la selección artificial, los cambios que experimentan los animales domésticos respecto a la especie
salvaje, aunque algunos sean muy vistosos, suelen tener muy poca relevancia
genética. La mayoría de ellos pueden hibridar con las poblaciones salvajes y
producir descendencia fértil, si no es porque los cambios físicos o la falta de oportunidades se lo impidan.
Los límites entre lo doméstico y lo salvaje se desdibujan.
El ganso del Nilo fue doméstico en el Egipto faraónico y dejó de serlo tras la
conquista persa. El cormorán pesquero es criado como doméstico por especialistas en China pero atrapado y domado en Japón. Es decir, solo los animales que presentan una clara variedad - de colores en el caso del cormorán - respecto a la especie salvaje pueden considerarse domésticos.
Con los caballos rizamos el rizo: consideramos que ya
ninguno es salvaje, y sin embargo muchas poblaciones viven por sí mismos, con total autonomía y libertad, en muchos lugares del mundo. Gatos y perros vuelven a la vida salvaje con relativa facilidad —los
llamados ferales—, aunque rara vez se alejan demasiado de los humanos o sus
recursos. El cerdo vietnamita, comercializado como mascota, cuando escapa o es
abandonado hibrida con la especie salvaje de la zona y se diluye en ella sin
formar poblaciones de cerdos vietnamitas domésticos.
Pero insistimos en decir que dependen totalmente de los seres
humanos para su alimentación y necesidades, y que no pueden volver a la
Naturaleza.
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La frontera se
mueve: lo salvaje se transforma en doméstico y viceversa. En la próxima entrada trataremos
sobre los humanos domésticos. Suscríbete y no te lo pierdas.
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