Selección artificial: cómo los humanos potenciamos lo que ya existe
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No creamos de la nada: elegimos, cruzamos y dejamos que suceda
A la domesticación también se le llama selección artificial. Consiste en que los humanos seleccionamos aquellos animales que más nos atraen o interesan. Si cruzamos entre sí aquellos que tienen alguna característica presentes en la variabilidad de la especie, que nos llama más la atención por los motivos que sean, a través de una acción continuada sobre varias generaciones de sus descendientes, acabamos obteniendo las razas domésticas.
Veamos lo que decía el maestro Darwin sobre la selección por
parte de los humanos:
“ Nadie pensaría siquiera en obtener una paloma
colipavo hasta que vio una paloma con la cola desarrollada en algún pequeño
grado de un modo extraño, o una buchona hasta que vio una paloma con un buche
de tamaño algo extraordinario; y cuanto más anormal y extraordinario fue un
carácter al aparecer por vez primera, tanto más fácilmente hubo de atraer la
atención. Pero usar expresiones tales como «intentar hacer una colipavo» es
para mí, indudablemente, en la mayor parte de los casos, por completo
incorrecto. El hombre que primero eligió una paloma con cola ligeramente mayor
nunca soñó lo que los descendientes de aquella paloma llegarían a ser mediante
muy prolongada selección, en parte inconsciente y en parte metódica.”
Es decir, no podemos seleccionar lo que no conocemos, y
menos aun lo que no existe; con lo que quedaría desmontada la idea de que los
animales domésticos son de “creación” nuestra. Todos los caracteres que poseen
ya estaban presentes en sus respectivas especies salvajes en alguna medida. Lo
que hacemos, al elegir individuos que los muestran de forma más marcada, es potenciar
su aparición en la descendencia.
¿Qué significa seleccionar ciertos caracteres? Podríamos imaginarlo como la sección de manzanas de un supermercado dispuestas por variedades para poder elegir las que más nos gustan. Pero eso no fue así con las especies salvajes que se convertirían en domésticas. Darwin ya comprendió que los resultados ni siquiera los podíamos soñar. En los inicios de la domesticación probablemente establecimos lazos con los animales más cercanos y de fácil trato. En eso consistió toda nuestra selección artificial inicial.
Pero, ¿fue exclusivamente por nuestra decisión y voluntad, como habitualmente se expresa desde la ideología antropocéntrica? En absoluto, el
proceso no fue unidireccional, para que surjan lazos, ambas partes deben estar predispuestas e interesadas. Los motivos de aquellos animales para acercarse a nosotros —empatía, alimento, refugio,
seguridad— no difieren tanto de los nuestros.
Durante el Paleolítico, muchos carnívoros visitaban nuestros
campamentos nómadas tras el olor de la carne; pero solo algunos de ellos nos
espiaban sin acercarse, y nos miraban fijamente a los ojos, tratando de entender
nuestro comportamiento. Y esa especie, precisamente, fue la primera con la que pudimos entablar
una relación duradera.
La imagen anterior me hace evocar una noche de primavera en casa de una amiga, en el Baix Penedès.
Estábamos en la cocina con la ventana abierta, y tras la mosquitera el
jardín era solo una masa informe y oscura. Empecé a fijar la mirada en la penumbra pues me pareció
percibir algo indefinido. En ese instante, el faro de un coche iluminó una figura al fondo del jardín: parecía una loba blanca como la luna que sentada tranquila, la mirada fija, nos observaba. Lancé un grito de sorpresa al mismo tiempo que la anfitriona comprendía y nos explicaba. Era la perra del vecino, pero tenía el mismo aspecto que una
loba ártica, a menudo saltaba el muro y se quedaba así,
contemplando en silencio y sin acercarse lo que hacían ella y sus hijos en el interior del
hogar.
No buscaba comida, estaba bien alimentada, tampoco juego y caricias… simplemente le complacía observar.
Al año siguiente tuvo cachorros y, como no sabían qué hacer con todos y yo ya había pasado el duelo de perder a mi querido perro Volja, me quedé con uno. Lo llamé Dersu. Como su madre, era independiente y observador. El veterinario, por su aspecto, dijo que debía ser mezcla de pastor alemán con husky; lo cierto es que parecía un lobo amarillo.
A nivel genético apenas hay diferencias entre un lobo y un perro; los investigadores tienen que acudir a los llamados marcadores microsatélites para hallarlas. Para que os hagáis una idea estos microsatélites son repeticiones de 1 a 6 pares de bases en regiones del ADN a menudo no codificantes que presentan una gran variabilidad incluso entre individuos de la misma especie. Las utilizan, por ejemplo, para buscar flujo génico, es decir si en una población de lobos puede haberse producido algún cruce con perros.
…y la semana que viene seguimos con la selección... y quizás con alguna sorpresa sobre lo artificial
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